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Tres y contando…

  • Foto del escritor: Michelle ariza
    Michelle ariza
  • 23 jun 2020
  • 7 min de lectura

Inesperado marzo


El 12 de marzo como todos los jueves me encontraba almorzando en una de las mesas de la universidad con mis amigos cerca de las canchas, el coronavirus sonaba tan lejano que en ese momento no dimensionamos la magnitud que tendría en nuestras vidas. Recuerdo que ese jueves hablamos y nos reímos sin saber que seria el ultimo jueves que nos veríamos, al menos físicamente hablando. Tres días después recibimos por correo las medidas que se tomaron en la universidad, acorde con las recomendaciones que había dado la Organización Mundial de la Salud, para prevenir el contagio de este nuevo y desconocido virus. El receso de clases fue desde el 16 hasta el 28 de marzo mientras nos preparábamos para la que sería la nueva “normalidad”.


La primera semana transformé mi pequeña habitación volviéndola en mi refugio de los días que vendrían. Llene con periódicos e imágenes mis aburridas paredes grises, mi papá colgó en otra de mis paredes uno de sus cuadros más viejos porque en la sala ya no había donde ponerlo y por último saque el tapete naranja que tenía enrollado debajo de mi cama. Comencé a leer alguno de mis libros que tenía pendiente, entre esos se encontraba la recopilación de poemas de Emily Dickinson, quien vivía por gusto encerrada en su habitación escribiendo sus poemas. La segunda semana llego con muchas encuestas por llenar de parte de mis profesores, con el inicio de clases virtuales en el colegio de mis hermanos menores y con los aplausos a las 8:00 p.m. en punto sin falta a modo de agradecimiento a todo el personal médico que arriesgaba su vida todos los días.


Con tres computadores nos las arreglábamos mi papá, su esposa, mis dos hermanos y yo. Mis clases aún no iniciaban y las tareas de los niños eran infinitas. A mis padres con el teletrabajo no les alcanzaba el tiempo para ayudar a mis hermanos en sus trabajos y a realizar las labores del hogar por lo que me tocó darla toda, como dicen por ahí, para ayudar. No era fácil pero tampoco insostenible y a pesar de todo aún no me había afectado emocionalmente los nuevos cambios.


El 21 el presidente declaró cuarentena obligatoria desde el 24 marzo hasta el 13 de abril en todo el país. Desde allí todo fue cayendo en picada, si bien las medidas eran las necesarias no sería fácil. Un día antes de que iniciara oficialmente la cuarentena mi mamá cumpliría sus 48 años sin mí y no podría verla hasta unos días después. Mis clases virtuales comenzaron y volví a sentirme en primer semestre, intentando aprender todo lo más rápido que podía e intentando no pasar vergüenza delante de mis compañeros.



El mes cerró con 798 casos en Colombia de los cuales 25 de esos pertenecían al departamento del Atlántico.



Desesperante abril


El primero de abril después de casi un mes pude ver a mi mamá cara a cara en la portería de mi conjunto, con una distancia de dos metros, cada una con su respectivo tapabocas que nos cubría la sonrisa y un codazo como único contacto físico. Nada de abrazos, ni besos, ni cercanía. Abril me recibió con una nostalgia a mi antigua vida, a las salidas a comer en restaurantes, a los pasillos de mi universidad, a la sala de mis familiares y a mi libertad en general. Sin embargo, era consciente de que la situación no era sencilla y que a pesar de todo era muy afortunada. El tiempo seguía pasando y era más notorio el desbalance de

privilegios que existían. Por redes sociales veía personas que tuvieron que adaptar sus negocios para que pudieran seguir funcionando, la banda de venezolanos comenzó a pasar al frente de mi conjunto todos los martes sin falta a esperar que desde los balcones pudiéramos tirar unas cuantas monedas y las cuatro misioneras de la iglesia de mis padres que vivían en el conjunto, dos de Perú una de Brazil y otra del Ecuador, me pedían prestado el celular cada lunes a las tres de la tarde para poder comunicarse con sus familias, ya que una de las reglas de su misión era que solo podían comunicarse con sus familiares una vez por semana. Como dije la situación no era sencilla pero para unas personas era más complicado y hacía que el sentimiento de desespero cobrará vida.


En el Atlántico habían 67 casos, en el país 2.054 infectados, recuperados 123 y muertos 54. El miedo seguía vivo pero el desastre que prometía el virus aún no se notaba. El encierro comenzaba a asfixiarme, las paredes de mi pequeño apartamento se volvían más chicas y las clases virtuales no ayudaban. El esfuerzo de mis profesores se notaba pero en el fondo todos sabíamos que no eran en lo absoluto lo mismo. Las clases que tanto disfrutaba se volvieron una tortura para mi, las ganas de estudiar el próximo semestre se fueron y mi ansiedad me saludaba de manera intermitente mientras intentaba pasar el tercer corte de mi quinto semestre.


De repente el 12 de abril salió el Decreto 538 que obligaba a los médicos a prestar sus servicios, recuerdo llamar inmediatamente a mi mamá, ya que por lo que había leído, ella sí aplicaba a este decreto. Mi madre con la voz suave afirmó mi miedo. Si la llamaban tendría que arriesgar su vida para salvar a otras. La llamada duró 47 minutos donde ella usó 30 de esos para intentar calmarme, en uno de sus intentos me dijo con jocosidad que al menos mi papá no aplicaba por mis hermanos menores. Los aplausos de ese día me supieron amargos y quise que todos los que aplaudían cambiaran sus palmadas frenéticas por un

fuerte cacerolazo que llegará hasta la casa de Nariño en modo de protesta por la injusticia que el gobierno pensaba cometer. A los días volví a recibir otro llamado de mi mamá donde me actualizaba de las reformas que le estaban haciendo al decreto, donde ya no se obligaba a los médicos a prestar sus servicios sino que se iba a solicitar, si era necesario, la ayuda de algunos que tuvieran disponibilidad. Después de esa llamada recuperé un poco de fe que había perdido.


A pesar de todo, abril me daba pequeños destellos de felicidad como cuando con mi mejor amiga encontramos la manera de ver películas virtualmente juntas o cuando los fines de semana toda mi familia sacaba los colchones a la sala y veíamos series hasta quedarnos dormidos o cuando volví a dibujar o cuando me corté yo misma mi cabello sin quedar “trasquilada”.



El mes cerró con 6.507 casos positivos de Covid-19 y 293 muertos en el país.


Insoportable mayo

Y llegó mayo sin darme cuenta, en todo el sentido de la palabra. Ya no importaba qué hora era o en qué día estábamos, si era festivo o no. Todo daba igual porque seguíamos encerrados y la situación iba para largo. En mayo mi familia y yo decidimos dejar de ver el noticiero. Nos enteramos que las misioneras se fueron de la ciudad sin decir adiós y logramos enviar un mercado a una familia que tenía 5 hijos que alimentar y no tenían con qué. Mi mente para este mes ya estaba cansada de intentar pensar en positivo, los libros que eran mi salvavidas desde que tenía 13 años perdieron su brillo, así como lo hicieron las canciones en mi lista de Spotify. Dejé de escuchar a mi artista favorito porque su música me recordaba que la boleta que había comprado para verlo el 19 de octubre en Bogotá, se iba a quedar esperando probablemente hasta el próximo año si tenía suerte. Mis sueños de hacer el intercambio a España se vieron empañados por el aumento de precio del euro. Las fotos de mis amigos pegadas en las paredes de mi habitación se burlaban de mi. Ya me daba flojera responder los mensajes de Whatsapp y lo único que disfrutaba hacer era quedarme tirada en el tapete de mi desordenada habitación, mirando el techo blanco aguantando la respiración por cinco segundos, para luego exhalar con fuerza y repetir estas acciones hasta que mi ansiedad lograra calmarse.


Mayo se volvió tan insoportable que las personas ya casi no respetaban la cuarentena. En las historias de Instagram algunos conocidos subían fotos en las casa de sus novias o novios y otros tomando con sus amigos. Me tomaba mucho autocontrol no responder esas fotos con insultos por su irresponsabilidad. Mi papá cada vez que llegaba a la casa después de salir a atender a algún paciente o de hacer la compra me comentaba que las personas no tomaban las medidas necesarias. Me decía que salir para el se había convertido en algo estresante y que entendía porqué los casos se habían disparado. Recuerdo que un día cualquiera hablando con mi tío, que reside en el barrio La Unión, comentó que el coronavirus era una enfermedad para los ricos, ya que ellos eran los podían viajar y traer el virus mientras el sur casi no tenía de qué preocuparse. La respuesta de uno de mis familiares fue que si él se había olvidado quiénes eran los que trabajaban en aeropuertos atendiendo a los viajeros, o que si se había olvidado de los taxista o los meseros o de los trabajadores de aseos varios. El virus no discrimina a nadie y todos estamos expuestos. Semanas después nos dijeron que las cosas en soledad se habían descontrolado por la cantidad de casos infectados.


La segunda semana de mayo me dieron la noticia de que nos mudaríamos a otro apartamento cerca y lo vi como un nuevo comienzo un respiro. Las paredes de este apartamento ya quedaban muy pequeñas para 5 personas. Esa noticia sumada a que se acercaban las vacaciones me dieron un descanso entre tanta desilusión. Mis notas este semestre no eran las mejores pero me enseñaron a que una nota no era siempre lo más importante. La idea de no estudiar el próximo semestre cambió y mis padres no pudieron estar más satisfechos. Mis días eran muy cambiantes, en unos me sentía tranquila, otros, por no decir la mayoría, eran un reto hasta que llegó el 30 de mayo. Mi club de lectura de la que era moduladora llegaba a su fin y me tocaba leer el último capítulo del libro más reciente de Piedad Bonnett, el libro era muy doloroso y lograba conectar con la tristeza que reflejaban sus páginas. Una de las frases decía “ A pesar de todo, de mi confusión y mi desaliento, todavía tengo fe en las palabras ”. Leer me devolvió esas ganas de continuar, entendí que mayo fue duro pero como dice el dicho no hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo aguante.


En mes cerró con 29.383 contagiados y 939 muertes registradas.


Hoy



Son los primeros días de junio, estamos a mitad de año y las cosas van de mal en peor. El futuro sigue estando incierto (más de lo normal) y la situación no tiene cara de mejorar. Lo único que me queda es seguir anotando los meses que pasan. Uno, dos, tres y contando…






 
 
 

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